de P. Gennaro Tanzola, C.P.[1]
 
Publicamos el texto de la homilía pronunciada por el padre Tanzola con motivo de la misa en memoria del Siervo de Dios P. Candido Amantini (Bagnolo di Santa Fiora, 31 de enero de 1914 – Roma, 22 de septiembre de 1992), celebrada en Roma, en el Santuario Pontificio de la Escalera Santa, en el aniversario de su nacimiento, el 31 de enero de 2026. Desde 2012 está en curso el proceso de beatificación de este sacerdote que San Padre Pío de Pietrelcina definió como «según el corazón de Dios».

El capítulo quinto del Evangelio de Mateo (1-12) nos lleva al monte donde Jesús proclama las Bienaventuranzas, la carta magna del cristiano, el corazón palpitante de su enseñanza. En esas palabras —«bienaventurados los pobres de espíritu, bienaventurados los mansos, bienaventurados los puros de corazón, bienaventurados los pacificadores»— no encontramos simples consejos morales, sino el retrato mismo de Cristo y, en Él, el camino de la santidad. Este mensaje del Señor es para aquellos que quieren vivir con generosidad, humildad, deseo de justicia, preocupación e interés por los problemas del prójimo, dejando todo lo demás en un segundo plano.

Queremos dirigir nuestra mirada hacia una figura luminosa de nuestra Iglesia, un hombre que encarnó con sorprendente sencillez y profundidad el espíritu de las Bienaventuranzas: el padre Candido Amantini, sacerdote pasionista, hombre de Dios, guía espiritual e incansable servidor del Evangelio. Queremos dirigir nuestro corazón a una fecha que para muchos podría parecer ordinaria, pero que para nosotros se convierte en un recuerdo de gracia: el 31 de enero de 1914, día en que nació el padre Candido, hijo fiel de la Iglesia y testigo incansable de la victoria de Cristo sobre el mal.

Celebrar su nacimiento significa reconocer que Dios, en la historia, sigue suscitando hombres capaces de dejarse moldear por su voluntad. El padre Candido no fue un hombre de clamores, sino un hombre de profundidad. Nunca buscó el protagonismo, sino que eligió el camino estrecho de la obediencia, la oración y la caridad oculta. Y precisamente por eso su vida resplandece hoy como un signo claro de la presencia de Dios.

La espiritualidad pasionista, que el padre Candido respiró desde joven, tiene como centro la contemplación amorosa de la Pasión de Cristo, la mayor obra del amor de Dios. San Pablo de la Cruz enseñaba a sus hijos espirituales a «mantener siempre viva la memoria de la Pasión», porque en ella se aprende la medida del amor, la fuerza de la humildad, la profundidad de la misericordia. El padre Candido vivió esta herencia con radicalidad: la Cruz no era para él un símbolo, sino una escuela permanente de vida.

En la Cruz aprendió a servir, a sufrir con los que sufren, a esperar contra toda esperanza. En su larga misión en la Escalera Santa, el padre Candido se convirtió para muchos en un padre, un consejero, un refugio. Su confesionario era un lugar de luz, donde las almas heridas encontraban paz y esperanza. No ofrecía palabras vacías, sino la verdad del Evangelio; no prometía soluciones fáciles, sino que señalaba a Cristo, el único que salva y libera. Su ministerio de exorcista, ejercido con humildad y discreción, fue un servicio precioso a la Iglesia.

Su largo servicio, prestado durante más de treinta años, nunca fue espectacular ni dramático. Era, más bien, una prolongación de su fe inquebrantable en la victoria de Cristo sobre el mal.
El padre Candido sabía que el mal no se combate con la fuerza humana, sino con el poder de la Cruz. Por eso vivía arraigado en la oración, en la penitencia, en la confianza inquebrantable en el Señor. Su serenidad era su arma, su humildad su escudo, su obediencia su fuerza.

El padre Candido no temía al maligno, porque tenía el corazón arraigado en el Señor. Solía decir que el demonio teme a la humildad, y él mismo era un ejemplo vivo de ello: humilde, sereno, obediente, totalmente entregado a la voluntad de Dios. En él resplandecía la bienaventuranza de los «puros de corazón», de aquellos que ven a Dios incluso en las batallas más oscuras. Su vida, transcurrida en gran parte en la casa de los Pasionistas de la Escalera Santa, fue un continuo «sí» al Señor, pronunciado no con clamor, sino con la fidelidad cotidiana.

El padre Candido nunca buscó la fama. Sin embargo, precisamente en su discreción brillaba una santidad que muchos pudieron tocar con sus propias manos. Era un hombre que sabía escuchar: escuchar a Dios en la oración, escuchar a los hermanos en su dolor, escuchar a la Iglesia en sus necesidades. En la confesión, muchos experimentaron la bienaventuranza de los «misericordiosos», porque él sabía inclinarse sobre las heridas de las almas sin juzgar, sino indicando siempre a Cristo, el único que salva, el único que libera, el único que cura. Su vida nos recuerda que la santidad no se compone de gestos extraordinarios, sino de fidelidad cotidiana, de oración constante, de amor concreto hacia los que sufren. El padre Candido no se pertenecía a sí mismo: pertenecía a Cristo. Y precisamente por eso podía entregarse sin reservas. Como los «pobres de espíritu», no confiaba en sus propias fuerzas, sino en la gracia; como los «mansos», no respondía al mal con el mal; como los «artífices de la paz», llevaba la serenidad donde reinaba la confusión.

Hoy, mientras contemplamos su testimonio a la luz de las Bienaventuranzas, se nos invita a preguntarnos: ¿qué lugar ocupa Cristo en mi vida? ¿Estoy dispuesto a dejarme guiar por Él con la misma confianza con la que se dejaba guiar el padre Candido? ¿Soy capaz de escuchar, de acoger, de servir? Las Bienaventuranzas no son un ideal inalcanzable, sino un camino concreto, recorrido por hombres como él. Pidamos al Señor, por intercesión del padre Candido, que nos conceda un corazón sencillo y fuerte, capaz de creer incluso cuando la noche parece larga, capaz de amar incluso cuando cuesta, capaz de esperar incluso cuando todo parece perdido. Porque la santidad no es un privilegio para unos pocos, sino una llamada para cada uno de nosotros.

Y que la vida de este sacerdote fiel nos recuerde que el mal no tiene la última palabra: la última palabra siempre es de Dios, y es una palabra de amor, de libertad y de paz. Las Bienaventuranzas nos lo aseguran, y la vida del padre Candido lo confirma.

La tumba del padre Candido en la Capilla del Crucifijo, dentro del Santuario de la Scala Santa.

[1]  Sacerdote religioso pasionista.